He notado que en los enfrentamientos que surgen entre la Ciencia y las pseudociencias se repite un argumento en contra de la Ciencia que se basa en una de las cualidades que precisamente tantas veces criticamos de las pseudociencias: el dogmatismo. También a la hora de defender o dar la razón a la Ciencia ésta se suele elevar a Verdad categórica, con lo que esa imagen deformada de Ciencia todopoderosa se subraya.

He llegado a la conclusión de que las pretensiones de la Ciencia, es decir, a qué aspira la Ciencia, a qué preguntas da respuesta, no están del todo claras. Personas cercanas a la Ciencia tienen una imagen distorsionada y grandilocuente de la Ciencia, e incluso personas de la comunidad científica también tienen unas ideas similares o, al menos, es la impresión que dan –o que damos- a veces sin darnos cuenta dando por hecho que todo el mundo sabe qué es la Ciencia y cuáles son sus métodos.

Para entender por qué sucede todo esto, cómo evoluciona la imagen que tenemos de la Ciencia y cuáles son sus verdaderas pretensiones voy a contar un poco de mi historia.

La razón más poderosa que me llevó a estudiar la carrera de Química es que quería entender por qué este universo era como era. Saber el porqué, el porqué absoluto y rotundo de todo. Creía que ese porqué mayúsculo daría respuesta a las cuestiones vitales y que la Ciencia me ofrecería la solución a toda la vorágine de enigmas que se me planteaban.

Había oído que la Ciencia era capaz de negar a Dios, de convertir el Amor y la Muerte en cuestiones materialistas. Me daba miedo enfrentarme a una realidad que asomaba terriblemente fría, pero quería saber.

Por otra parte recuerdo cómo en mis años de instituto, tanto a mí como a mis compañeros, nos resultaba incoherente que nuestro profesor de Ciencias dijese cosas como «esto es así porque dios ha querido y si fuese de otra manera la Ciencia también podría explicarlo».

Un científico que nombra a dios es algo que suele crear confusión, por lo mismo que me ocurrió a mí, porque había oído que la Ciencia podía negarlo, que eran dos entidades que se anulaban, que dios era la fantasía y que la Ciencia era la Verdad. Esta ingenua idea es extrapolable a todas las cuestiones vitales, pudiendo parecer que todas ellas se derrumban bajo el peso de la Verdad que ofrece la Ciencia.

Así empecé la carrera, dudando sobre estas cosas, con la idea de que la Ciencia sí tenía la capacidad de ofrecerme respuestas concluyentes. Con diecisiete años esa era mi percepción y la de las personas de mi quinta que me rodeaban, así que es fácil pensar que la gente que no continuó aprendiendo Ciencia se quedase atascada en esa visión materialista y pomposa de la Ciencia. Desgraciadamente esa impresión es la que persiste en el ideario colectivo, por eso entiendo que se nos tache de radicales y dogmáticos, porque si la Ciencia fuese así, si ofreciese respuesta a las cuestiones vitales, efectivamente sería un dogma.

A medida que fui avanzando en la carrera de Química me fui dando cuenta de que los porqués continuaban ahí, que se habían hecho más sofisticados a causa de la madurez y del aprendizaje, pero no se habían resuelto ni nada indicaba que fuesen a resolverse en el futuro. Con el paso de los años me fui percatando de que todo lo que estaba aprendiendo de la Ciencia era en esencia descriptivo: la Ciencia describe los hechos, cómo es la materia, cómo se comporta, de una forma elegantísima y minuciosa que incluso nos permite hacer predicciones y diseñar experiencias para establecer nuevas y mejoradas descripciones de la realidad. La Ciencia no contestaba a mis porqués más profundos, sino que contestaba exclusivamente los cómos.

Darme cuenta de esto fue revelador. No es que yo no encontrase la respuesta a los porqués, o que la Ciencia no hubiese llegado todavía a ella, es que la Ciencia ni siquiera pretende dar respuesta a los porqués, no es su cometido. Por este motivo la Ciencia está, por definición, muy alejada del dogmatismo. La Ciencia es prudente, no pretende dar respuesta a los porqués, sino a los cómos. Esta es la verdadera pretensión de la Ciencia y todo lo demás, a mi entender, se queda fuera, son opiniones y actitudes incautas que no tienen cabida en esta definición y que dañan gravemente la imagen de la Ciencia, convirtiéndola en un dogma, en una Verdad que no es ni pretende ser. En Ciencia, cuando hablamos de «verdad», jamás lo hacemos con la imprudencia de las mayúsculas.

Cuando defiendo la Ciencia de la pseudociencia no lo hago de la mano de la Verdad, sino que lo hago de la mano de su método. En Ciencia tenemos algo tremendamente valioso que es la forma en la que llegamos al conocimiento. Esta forma es el «método científico». El método científico consiste en la observación sistemática, medición, experimentación, formulación, análisis y modificación de hipótesis, siempre sujetas a dos grandes pilares: la «reproducibilidad» y la «falsabilidad».

La «reproducibilidad» es la capacidad de repetir un determinado experimento, en cualquier lugar y por cualquier persona, es decir, los resultados de un experimento llevado a cabo por un investigador son evaluados por otros investigadores independientes reproduciendo el experimento original y comprobando si efectivamente ofrece los mismos resultados.

La «falsabilidad» es la condición de que toda proposición científica tiene que ser susceptible de ser falsada, es decir, que se podrían diseñar experimentos que en el caso de dar resultados distintos a los predichos, negarían la hipótesis puesta a prueba. Esta condición es una actitud de la Ciencia, ya que toda teoría será rechazada si hay pruebas que corroboren lo contrario de lo que asegura esa teoría.

La historia nos ha enseñado que el método científico no nos conduce a verdades incontestables, que teorías que tuvimos por ciertas durante mucho tiempo han sido rechazadas, corregidas o matizadas. Lejos de ser una condena irreparable, lo cierto es que esta es una de sus grandes virtudes: la Ciencia avanza y en su devenir se corrige. Por este motivo el método científico no es infalible, pero es lo mejor que tenemos para alcanzar el conocimiento.

El método científico nos permite garantizar, con el margen de error más pequeño posible, que una afirmación sea cierta, que una sustancia sea segura, o que una predicción sea coherente. No existe ningún otro método, tan riguroso, sistematizado y controlado, que nos permita minimizar tanto la posibilidad de error.

Cuando se habla de pseudociencias nos referimos a afirmaciones que se asemejan a las científicas pero que no han sido establecidas a través del método científico, es decir, que no son falsables ni reproducibles, que se basan en opiniones o creencias que no pueden comprobarse experimentalmente, de las que no existen pruebas suficientes, o que estas no son ni fiables ni contrastables.  Por su apariencia es fácil caer en el error de tomarlas por ciertas, incluso de pensar que se han comprobado suficientemente, pero si no siguen el método científico el riesgo de error es inmensamente elevado. Cuando afirmamos que algo no es científico aunque lo parezca nos referimos a esto, no es una lucha entre qué es la Verdad y qué no lo es, no es una lucha de poder, no es una lucha entre dogmas, sino que se trata de una forma de señalar cuál es el método que debe seguirse para poder discutir la probabilidad de veracidad o falsedad de una afirmación.

Lo virtuoso de la Ciencia es que lo que ahora tomamos por cierto, sólo es cierto por ahora. En el pasado hemos dado por ciertas muchas cosas que ahora interpretamos de manera totalmente diferente, y sabemos que en el futuro iremos perfilando las certezas actuales, que esta sucesión de correcciones es interminable y maravillosa, que la Ciencia es un camino que vamos lustrando. Lo indiscutible es que los hechos no cambian, sólo la descripción que a través de la Ciencia hacemos de ellos. Aunque reescribiésemos la ley de la gravedad no dejarían de caerse las manzanas al suelo, o como diría mi profesor: el hecho seguirá siendo el mismo –mientras dios quiera que siga siendo así- por mucho que nosotros lo describamos de diferente manera.

Hay que ser muy cuidadosos a la hora de interpretar que las certezas de la Ciencia son cambiantes, pues resulta fácil caer en la tentación de ponerlo todo en duda y dar la misma credibilidad a las afirmaciones de la Ciencia que a las de las pseudociencias. Las certezas de la Ciencia merecen confianza y las de las pseudociencias no, por una razón importantísima: el método por el que se llegó a una certeza científica es el más sólido que tenemos.

Evidentemente hay cosas que la Ciencia ni ha podido ni pretende explicar, y es bueno que sea así, que la Ciencia no cometa la imprudencia de aventurarse a conjeturar sobre cuestiones para las que no está preparada ni diseñada. En cambio sí hay muchas cosas que sí sabemos cómo son, con un grado de detalle, de consenso y de fiabilidad elevadísimos. Por eso podemos utilizar esos conocimientos científicos para rechazar las afirmaciones vertidas por las pseudociencias que no se correspondan con las evidencias que tenemos.

Lo dañino para la imagen que damos de la Ciencia es mostrarla como algo todopoderoso, con carácter de Verdad. Debemos ser conscientes de que ese es el prejuicio con el que muchas personas se acercan a la Ciencia, yo misma lo creía cuando era más joven, y es tan pernicioso creer que la Ciencia lo puede y lo pretende todo, como tener fe en cualquier dogma.

Desgraciadamente existe una minoría de científicos y personas afines a la Ciencia que se muestran dogmáticas, que hablan de la Ciencia como respuesta a los porqués, que viven embriagados en la simpleza de creerse poseedores de la Verdad. Que son tan osados como para hablar de Dios, de la Muerte o del Amor a través del prisma único de la Ciencia, cuyas afirmaciones tantas veces sucumben a los focos y se convierten en espectáculo. Estos científicos no son científicos, son iguales que las personas a las que llaman peyorativamente «creyentes». Estas actitudes no representan a la Ciencia, no son coherentes con lo que verdaderamente la Ciencia ofrece y pretende.

Cada vez que surge un debate entre la Ciencia y las pseudociencias los científicos tenemos que luchar contra esa imagen de dogmáticosaka llamados «ciencinazis» o «talibanes de la Ciencia»- con el que estas personas nos han lastrado. Es una tarea cansada y para mí dificilísima de abordar, porque cualquier matiz que pueda interpretarse como dogmático es entendido como tal y logra ensombrecer todo lo que se haya dicho.

Esto me ha pasado tantas veces que he visto necesario plasmar por escrito cuáles son las pretensiones de la Ciencia, que la Ciencia no es la Verdad ni lo pretende, que la Ciencia es prudente; y que todo aquel «científico» que coloque a la Ciencia en el pedestal del conocimiento absoluto es que no ha entendido nada.  

– Ilustración realizada por Tamara Feijoo Cid

– Lecturas recomendadas relacionadas con este tema:

Las teorías científicas no son falsables. César Tomé. Cuaderno de Cultura Científica, 2013. 

Fraude científico. (Serie completa) Joaquín Sevilla. Cuaderno de Cultura Científica, 2015. 

No todos los cuervos son negros. Miguel A. Schmucke P. Letralia Nº 146, 2003. 

Ni las teorías científicas son falsables, ni existe el método científico. César Tomé. Naukas, 2014. 

No idealicemos a los científicos. Ana Ribera. Cuaderno de Cultura Científica, 2015