En la actualidad el 60% de las vacunas contra el COVID-19 está en manos de solo el 16% de la población. Los países ricos prevén vacunar al 70% de su población en verano de 2021, mientras que los países en vías de desarrollo cuentan con vacunar al 20% a finales de año. El reparto desigual de vacunas, además del obvio problema ético que representa, es también un problema sanitario global. Cuantos más contagios se producen, más oportunidades se le da al virus de mutar y así producir nuevas variantes. Si alguna nueva variante es resistente a las vacunas el mundo entero volverá a la casilla de salida. Así que, por ética o por egoísmo, las vacunas deben dar cobertura a todo el mundo.

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