Hat Trick Without Encouragement, 2015. Mehdi Ghadyanloo
Acrílico sobre lienzo. 100x100 cm

Al encender la radio escucho la siguiente pregunta: «¿Deberíamos evaluar a los profesores?». A lo que respondo en voz alta y con rotundidad «¡Por supuesto que sí!». Respondo con conocimiento de causa: yo soy profesora.

Pienso que en cualquier trabajo estamos siendo evaluados constantemente, que de ello depende nuestra permanencia en una empresa, que nos llamen para desempeñar un trabajo, que nos asciendan o nos despidan. Pienso que en algo tan serio como la educación es fundamental comprobar que los profesores están haciendo bien su trabajo, que ahí estriba en gran medida cómo es la sociedad que estamos construyendo. ¿Y eso no se hace, no comprobamos si los profesores desempeñan bien su trabajo?

Hablando de estos temas con la gente me he percatado de que hasta ahora pocos saben si a los profesores se les evalúa o no, y de ser así, cómo se viene haciendo. Mi experiencia ha sido la siguiente:

Me he enfrentado a dos tipos de cuasi evaluación a lo largo de mi carrera. La primera se basa en que hay un inspector de educación, especializado en las áreas que impartes, que se supone que comprueba que estés haciendo bien tu trabajo. El proceso consiste en que a principios de curso este inspector revisa toda la documentación que preparamos los profesores –programación docente, esto es, conceptos que vamos a explicar siguiendo los contenidos que marca la legislación, actividades que vamos a hacer a lo largo del curso, temporalización de estas actividades, métodos de evaluación, etc.-. A veces a lo largo del curso el inspector se pone en contacto con el departamento al que perteneces -en mi caso suele ser Ciencias- para solicitar algún informe sobre cómo va transcurriendo el curso, si sigues la programación, el porcentaje de aprobados, notas medias, etc. Si te toca, además el inspector puede acudir al centro para comprobar contigo si se corresponde la programación docente que habías propuesto antes de empezar el curso con lo que efectivamente estás haciendo, cosa que vas anotando en un cuaderno cada día. Esto es lo único que se comprueba, si un documento se corresponde con otro, confiando en la honestidad del profesor.

En alguna ocasión el inspector también solicitó exámenes corregidos de mis alumnos para compararlos con un modelo de examen resuelto por mí, para comprobar que las calificaciones son apropiadas y que se corresponden con los criterios descritos en la programación docente.

Alguna vez se me dijo que había inspectores «muy quisquillosos», que podían solicitar acudir a una clase para juzgar mi labor. Antes de ser profesora pensaba que precisamente eso era lo que hacían, pero no, eso no era habitual. Me resultó extraño que a mis compañeros les pareciese tremendo que un inspector quisiera ver cómo se enfrentan a una clase. Cuando me preparé para ser profesora -tras la licenciatura hay que hacer un máster, antes era un curso- tienes unas prácticas en las que das clase en un centro educativo ante la presencia del profesor titular. Así es cómo se aprende. Este profesor, con más experiencia que yo, tenía mucho que enseñarme, así que me pareció lo natural, no sentí que nadie me ofendiese tratando de evaluar mi desempeño.

Cuando ya llevaba unos años trabajando como profesora, que un inspector quisiera verme dar clase me parecía lógico e incluso motivador. No me daba miedo ni me ofendía, en absoluto, sino que me parecía una oportunidad para demostrar que sé hacer mi trabajo. Por eso entiendo que este tipo de evaluaciones pongan nerviosos a quienes no confían en su saber hacer.

Cuando me avisaron de que el inspector acudiría a las clases de algunos de nosotros dije «Perfecto, que venga a todas las que quiera, como si quiere estar un día entero conmigo viéndome dar clase en diferentes cursos». Para mí y para algunos de mis compañeros se nos presentaba la oportunidad de demostrar nuestra profesionalidad. Y después algunos pensamos, con cierta inquina, que ojalá el inspector hiciese lo mismo con otros profesores y comparase el trabajo de unos y de otros. Por un lado, era una oportunidad para enseñar mi trabajo, y por otro, desenmascarar a quien sabíamos que no lo hacía bien.

Seamos honestos. Como en cualquier trabajo, los hay mejores y peores, los hay que se esfuerzan y los hay que escurren el bulto. Sí, hay malos profesores, malísimos. Los malos son el problema, no los demás, así que por favor evalúennos.

La única prueba que pasamos los profesores para ejercer es la inicial, o bien por una oposición, o bien por la acreditación de nuestras habilidades a través de un conjunto de títulos. Después de esa evaluación de partida, jamás se evalúa cómo hacemos nuestro trabajo. Lo que ocurre dentro del aula sólo lo sabe el profesor y sus alumnos. En España el 40% de los profesores de secundaria jamás han sido evaluados, ni de esta manera un tanto superficial, ni de ninguna otra. En otros lugares como Inglaterra, Estados Unidos o Finlandia, referente en educación, se evalúa a los profesores con periodicidad. Somos de los pocos de la OCDE sin evaluaciones periódicas. De los 34 países de la OCDE, sólo en España, Italia, Irlanda e Israel no se requiere una evaluación regular del funcionamiento de los profesores después de haber accedido a la profesión. En el resto de países los resultados de esas evaluaciones sirven para tomar decisiones sobre el desarrollo profesional de cada profesor.

El segundo tipo de evaluación al que he asistido es la evaluación de los alumnos y de los compañeros a través de un test anónimo. De los resultados de ese test se extrae tu consideración en el centro. Nunca he visto que se tomasen medidas en vista de los resultados, ni para bien ni para mal.

Así que ¿estamos evaluando a los profesores actualmente? Muy poco y de forma poco efectiva.

No tengo la respuesta definitiva sobre cómo sería la mejor manera de evaluar a un profesor. Sólo sé que tenemos que hacerlo. Que es injusto para nuestros chavales que haya profesores que no sepan dar una clase, que no dominen las materias que imparten. Los hay, no he conocido a muchos, pero a los suficientes como para saber que hay ignorantes haciendo el papel de profesores sin tener ni idea de lo que enseñan. A los malos profesores hay que detectarlos de alguna manera y dejarlos fuera. Si los malos profesores ejercen, y los conocemos, no podemos creer en esa supuesta responsabilidad individual que les otorgamos. Los malos profesores son personas irresponsables, que minusvaloran el sistema educativo y su vital importancia.

Me da rabia reconocer todo esto, puesto que se supone que en este país los profesores no gozamos de muy buena reputación, y esto se puede interpretar como echarle más leña al fuego. Hay muy buenos profesores, yo he sido alumna y compañera de muchos de ellos, y es por ellos, por honrar su trabajo, por lo que pido que se evalúen.

Como ha dicho el filósofo José Antonio Marina, a quien el Gobierno a finales de 2015 ha encargado la elaboración del «Libro Blanco de la Función Docente», la evaluación de los profesores no dependerá de las notas de los alumnos, como muchos medios han dicho equivocadamente, sino de una serie de factores que él mismo recoge en su web a partir de los cuales diseñar un método efectivo de evaluación:

  1. Su portfolio profesional, que es la documentación sobre toda su trayectoria académica y profesional, su itinerario profesional, los cursos a que ha asistido, las actividades que ha hecho, etc.
  2. El aprovechamiento pedagógico del alumno. No la nota, sino el modo como el niño o la niña ha progresado.
  3. La opinión del alumno.
  4. La observación del profesor en el aula. El modo en que da clase, cómo se relaciona con el alumno, el clima del aula, etc.
  5. La relación que mantiene con los padres de los alumnos. Si decimos que la familia tiene una gran influencia educativa, buscar la colaboración con las familias me parece esencial.
  6. El modo de colaborar con el resto de profesores del centro. El claustro en muy importante.
  7. La calidad del centro. ¿Por qué me parece importante este factor? Porque es una manera de preocuparse del modo en que el resto de docentes está realizando su trabajo. A esto, hay que añadir un coeficiente corrector, atendiendo a las características del entorno, y a la situación de inicio del centro.

Me consta que Marina está abierto a recibir opiniones de profesores con el fin de diseñar el mejor método de evaluación posible. Lo hace a través de este correo: libroblanco@joseantoniomarina.net.

Como el gobierno está actualmente en suspenso, también lo está todo esto. Sea como fuere, y diseñe quien lo diseñe, hay que evaluar a los profesores, hay que comprobar que hacen bien su trabajo. La mejor forma de dotar de prestigio a la profesión es comprobar, no suponer, que lo merece.

 

Más información

Entrevista en «Hoy por hoy» de la Cadena Ser a José Antonio Marina

«La evaluación docente» de José Antonio Marina

«¡Despertad al diplodocus!» Jose Antonio Marina, 2015. Ed. Ariel

«Los docentes españoles, de los pocos de la OCDE sin una evaluación periódica» Pablo Landaluce. Noticias Ondacero.

«¿Puede y debe ser evaluado el profesorado?» José Gimeno Sacristán. El País.