“El agua no limpia, limpia el jabón”.
 
Esta frase se la escuché miles de veces a mi abuelo, quien me enseñó con mucho empeño a lavarme las manos correctamente, sobre todo cada vez que subía a casa tras haber estado jugando durante horas en la plaza de mi barrio.
Para entender por qué un compuesto tiene unas propiedades determinadas primero hay que saber de qué está hecho.
Aquí viene la parte de Química, pero no se asusten, pueden saltarse alegremente la cursiva:
¿Cómo sabemos qué es soluble en qué, qué disuelve a qué, y por tanto, qué limpia a qué?
Nos vamos al refranero químico popular: “Lo semejante disuelve a lo semejante” ¿Y cuándo una sustancia es semejante a otra? Con esta frase nos referimos a la polaridad: las sustancias polares sólo son solubles en las polares, y las apolares en las apolares. Por ejemplo el aceite,como sabréis,  no se puede mezclar en el agua, y esto es porque el agua es polar y el aceite apolar. Esta es la razón por la cual el agua no puede limpiar los residuos grasos, porque éstos no son solubles en ella, así que no los puede “arrastrar”.
Lo genial del jabón es que tiene una parte polar (hidrófila, con afinidad por el agua) y otra apolar (hidrófoba) lo que hace que sea soluble tanto en el agua como en una grasa o aceite.
Sin usar fórmulas orgánicas, podemos dibujar la molécula de jabón de la siguiente manera, donde el círculo representa la parte hidrófila (afín al agua), y la cola representa la parte hidrófoba (afín a la grasa).
Cuando usamos jabón, éste dispone su parte hidrófoba hacia la grasa, y su parte hidrófila hacia el agua, de forma que las moléculas de jabón “encapsulan” a la grasa, y la parte de fuera de esa “cápsula” es afín al agua, así que ésta puede “arrastrarla” y ¡limpiar!
Cuando os lavéis las manos recordad que los abuelos siempre tienen razón: “El agua no limpia, limpia el jabón”, y ahora ya sabéis por qué.