En la actualidad se ha dado un paso adelante muy acusado con respecto a la concienciación de lo importante que es la protección solar. Alrededor del 80% de la población española utiliza protección solar cuando va la playa, el 50% cuando practica deporte a la intemperie durante el verano, y el 42% de la población utiliza productos de uso diario para protegerse, como por ejemplo cremas hidratantes o maquillajes con protección solar media o alta. También ha mejorado la profesionalización del mercado: actualmente el 35% de la población adquiere su protección solar en las farmacias y parafarmacias, donde un experto pueda asesorarles.

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Este crecimiento del mercado ha provocado que muchos laboratorios hayan creado una gama de productos mucho más amplia y específica. En la actualidad contamos con multitud de formulaciones, bases diferentes, en forma de crema, gel, aerosol, etc. y con una elevadísima especificidad: existen productos específicos para cada tipo de piel y para cada circunstancia. Algo que a día de hoy nos parece tan simple como una crema hidratante con protección solar en realidad es todo un logro, por la sencilla razón de que los filtros solares solían ser sustancias deshidratantes, como de hecho lo son los filtros físicos. También contamos con diferentes fórmulas que ya no dejan rastro blanco, que resisten el baño y el sudor.

Por otro lado, tanta especificidad ha hecho que algunos laboratorios comenzasen a publicitar sus productos con algunos elementos diferenciadores que posiblemente no ofrezcan ningún beneficio extra frente al producto original. Me refiero a los protectores solares que dicen protegernos de la radiación infrarroja.

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La radiación solar más energética, la ultravioleta, es capaz de ionizar átomos (de arrancarles electrones), de excitar electrones (de que los electrones pasen a niveles energéticos superiores a su estado fundamental) y de romper moléculas en unidades más pequeñas formando los temidos radicales libres, responsables del envejecimiento prematuro y promotores del cáncer.  En cambio la radiación infrarroja o la energía térmica reemitida por la Tierra es de baja energía, y sólo es capaz de hacer vibrar y rotar las moléculas, con lo que sólo contribuye a aumentar la temperatura.

La radiación infrarroja tiene menor energía que la radiación visible, es capaz de aumentar la agitación de las moléculas, provocando el aumento de la temperatura, pero es incapaz de producir otro tipo de alteraciones, por lo que no se considera un riesgo para la salud. Si a esto le sumamos que tanto el dióxido de carbono como el vapor de agua y las pequeñas gotas de agua que forman las nubes absorben con mucha intensidad las radiaciones infrarrojas, sólo una parte mínima de la radiación infrarroja llega a la Tierra directamente del Sol. La mayor fuente de radiación infrarroja es la que la Tierra reemite y no puede escapar de la atmósfera, que es lo que se conoce como efecto invernadero.

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La radiación infrarroja la empleamos en muchas facetas de la vida cotidiana: los mandos de la televisión emiten infrarrojos, para conectar el ordenador con los periféricos, y cualquier fuente de calor emite infrarrojos. Los instrumentos de visión nocturna se basan en la detección de la radiación infrarroja que emiten los cuerpos que desprenden calor, como las personas. Nuestro cuerpo es una fuente de radiación infrarroja, así que no parece tener mucho sentido que nos protejamos de ella.

La radiación infrarroja también la podemos dividir en tres zonas: IR-A, IR-B e IR-C. La IR-A es la radiación más cercana al color rojo, y es la que se publicita como nociva para la piel y de la que estos productos dicen protegernos.

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Se ha demostrado que exclusivamente la radiación IR-A es capaz de penetrar en la piel hasta la hipodermis. La radiación infrarroja es radiación de baja energía, incapaz de producir alteraciones en las moléculas, ni de ionizarlas, ni de excitar sus electrones, ni de romperlas, así que no se considera peligrosa. La única capacidad que tiene esta radiación es la de hacer vibrar a las moléculas de nuestra piel, cosa que se traduce en calor.

Los productos que dicen proteger de la radiación infrarroja se basan en los resultados de un estudio ex vivo en el que se comprueba que efectivamente la radiación IR-A penetra en la piel y es capaz de calentar las células hasta los 40ºC. Este fenómeno no es nada nuevo, y de hecho es el motivo por el que la radiación IR nos hace sentir calor, por el que se utiliza para calentar e incluso en tratamientos fisioterapéuticos. El estudio se basa en que a 40ºC las células sufren el denominado estrés oxidativo, incrementando la producción de una enzima (MMP-1) que es capaz de degradar un tipo de colágeno dérmico. Este mismo fenómeno ocurre a mayor escala por incidencia de la radiación ultravioleta, y es la razón por la cual los solares contienen antioxidantes, capaces de minimizar los efectos del estrés oxidativo y así evitar la degradación del colágeno. En cambio es imposible que la radiación IR-A produzca radicales libres, cosa que sí hace la radiación ultravioleta, y la razón por la que el ultravioleta es cancerígeno y el infrarrojo no.

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A día de hoy no existe ningún filtro solar que impida el paso de la radiación IR-A. Entonces ¿cómo es posible que existan productos solares que anuncien protección contra esta radiación?

Lo que se publicita como tal no es un filtro ni pantalla frente a esta radiación, sino que se trata de una mezcla de antioxidantes que han demostrado minimizar el estrés oxidativo. Estos antioxidantes son esencialmente vitaminas y precursores de estas vitaminas, que normalmente se agregan a la fórmula en forma de acetatos y palmitatos. Las vitaminas  A, C y E son antioxidantes, es decir, neutralizan los radicales libres responsables del envejecimiento prematuro de la piel y del cáncer.

Estas vitaminas y precursores ya formaban parte de la fórmula de muchos productos convencionales que no publicitan su eficacia contra la radiación infrarroja. La razón es que la radiación ultravioleta, que es más energética, también produce estrés oxidativo y radicales libres, así que es lógico que estos productos cuenten con ingredientes que lo neutralicen.

Por este motivo, casi cualquier producto solar podría publicitarse como protector ante la radiación IR, porque de serie ya contiene esos antioxidantes.

Estas técnicas de márquetin que se basan en incluir un elemento diferenciador terminan por obligar al resto de marcas a incluir ese reclamo, para no quedarse fuera, y porque el consumidor entiende que es algo que hace que un producto sea mejor que el otro. Esto fue lo que pasó con los parabenos, que una marca decidió prescindir de ellos, por motivos que no tenían nada que ver con la salud, para utilizarlo como elemento diferenciador. El consumidor medio dedujo que los parabenos eran algo a evitar, sin saber exactamente ni qué son ni por qué habría que evitarlos. Se indujo una demanda a la que el resto de marcas se sumaron para no quedarse fuera.

Esto mismo es lo que posiblemente acabe pasando con el mercado de los solares. Si el consumidor infiere de esa publicidad que hay que protegerse de la radiación infrarroja, por muy disparatado que sea eso, lo hará, porque no tiene por qué saber si eso lógico o no. Si aumenta la demanda de este tipo de productos, el resto de las marcas posiblemente se sumen a este disparate acientífico. Y además no les supondrá un coste adicional en la formulación del producto, puesto que de serie la mayoría de solares ya contienen los ingredientes con los que avalar esta nueva propiedad.

Ilustración de portada realizada por Tamara Feijoo Cid

Para saber más sobre cómo funcionan los protectores solares: ¿Cómo funciona tu crema solar?

Este artículo participa en el XLVIII Carnaval de Química, edición Cadmio, organizado por Activa tu neurona.

Fuentes:

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