En la Escuela Técnica Superior de Arquitectura de A Coruña se están celebrando las Jornadas de Bioconstrucción UDC [1] que, primeramente iban a desarrollarse en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos, y finalmente han sido acogidas por la de Arquitectura. Estas jornadas han sido organizadas por ESPIGA (Asociación Gallega para la Bioconstrucción) y ESF (Ingeniería sin fronteras de Galicia).

La Bioconstrucción puede definirse como un sistema de construcción fundamentado en la ecología, es decir, que persigue el uso responsable de los recursos, el mínimo impacto medioambiental, el respeto por la salud de los seres vivos, la eficiencia energética, la sostenibilidad, etc.

Por definición la Bioconstrucción es absolutamente legítima. Lo que ha ocurrido en estas jornadas es que la Bioconstrucción ha sido conducida por algunos de sus ponentes hacia derroteros contrarios a la Ciencia, alarmistas y faltos de rigor.

El pasado jueves 24 de septiembre acudí a las conferencias relacionadas con la salud, la primera llevada a cabo por Elisabet Silvestre [2] [3]. La mayor parte de su charla se centró en los peligros de los campos electromagnéticos y los «químicos» para nuestra salud, demostrando un pobre dominio de la materia, cayendo en falacias y modos propios de los defensores de las pseudociencias.

La bióloga Elisabet Silvestre dice claramente que los campos electromagnéticos de baja energía, por el hecho de estar expuestos constantemente a ellos, suponen un riesgo para la salud ante el que tenemos que aplicar el «principio de precaución» y minimizarlos tanto como nos sea posible. ¿Realmente suponen un riesgo los campos electromagnéticos de baja energía?

La radiación electromagnética la clasificamos de la siguiente manera:

Espectro

Por encima de la radiación visible está la radiación de alta energía que también llamamos radiación ionizante: ultravioleta, rayos X y rayos gamma. Esta radiación es capaz de romper moléculas. De esta radiación nos protegemos siempre porque el riesgo para la salud es elevado, ya que es una radiación capaz de alterar nuestro ADN.

En cambio, la radiación de baja energía, como las ondas de radio, las microondas, el wifi, etc. es radiación no ionizante, no es peligrosa para la salud porque no es capaz de alterar moléculas, como mucho de hacerlas vibrar y con ello producir calor. Si la radiación visible, lo que vemos, no nos afecta a la salud ¿cómo es posible que lo haga la radiación que es cientos, miles y millones de veces menos energética? No es posible.

No es cierto que, tal y como afirma Elisabet, no haya consenso científico, porque sí lo hay y es tajante: la radiación de baja energía es segura y no se puede relacionar con ninguna patología. Para afirmar esto se han hecho numerosos estudios científicos[4] que descartan cualquier relación de causa-efecto. El consenso científico es abrumador. Esta correlación no se mide con sensaciones subjetivas e individuales, no se mide con opiniones, se mide con datos objetivos. Si hemos comprobado que, con los métodos actuales y lo que sabemos actualmente, la radiación de baja energía no causa daños en la salud, ¿por qué vamos a desconfiar de ello? ¿por qué vamos a escoger un grupo de radiaciones, como la wifi o el infrarrojo, y tacharlas de nocivas? ¿por qué esas y no otras radiaciones? Si nos fiamos de opiniones y criterios subjetivos tendríamos que tenerle miedo a todo.

Si fuera cierto lo que sostiene Elisabet, «se habría registrado hace años un aumento de los tumores cerebrales y otros males que se atribuyen a la wifi y los móviles, de los que sólo había 91 millones de líneas en 1993 y ahora hay más de 7.300 millones. ¿Ha habido un incremento de las patologías que algunos achacan a las ondas de baja energía? No» [5].

Uno de los momentos más representativos y delirantes de esta parte de la charla fue la siguiente imagen, de la cual se habló en el turno de preguntas:

Electrodos pies a toma de tierra

Esta imagen, según Elisabet, representa a una persona tumbada con unos electrodos en los pies que hacen de toma de tierra para que pueda «descargar» después de haber estado sometido a campos electromagnéticos en su entorno laboral, como si fuese posible cargarse y descargarse.

Toda la charla está repleta de despropósitos y argumentos falaces que crean alarma en quien no conoce la materia y no posee conocimientos básicos de electromagnetismo, haciendo creer a gran parte de los allí presentes que estaban sometidos a un peligro al que nadie ponía freno, y que ella, como empresa, sí podía aportar soluciones. Nos enseñó varios proyectos de arquitectura y diseño en los que había intervenido profesionalmente para salvaguardar a los usuarios del inmueble de los males del electromagnetismo.

Bart Paranoid

Otra parte de la charla fue la referente a las sustancias químicas supuestamente perjudiciales para la salud, que es realmente la parte de la conferencia que más me toca de cerca. Elisabet citó como ejemplos los parabenos, los ftalatos, el bisfenol A, entre otros. Para evitar el uso de todos ellos aludía al principio de precaución.

Lo primero que hay que saber sobre estos compuestos es que todos ellos están estudiados individualmente y cuyo uso está regulado según la especificidad del producto, es decir, para qué vaya a usarse y para qué público se destine.

Elisabet argumenta falsamente que los productos que llegan al mercado no han de demostrar previamente que son seguros, sino que se hace al revés, que después de estar en el mercado son otros los que han de demostrar que efectivamente ciertos ingredientes son inseguros. Esto es totalmente falso. Para que un producto llegue al mercado, ya sea un cosmético, un fármaco, o una pintura, ha de demostrar previamente que no supone un riesgo para la salud, y sólo si pasa unos estrictos controles de calidad puede llegar al mercado.

También es cierto que ningún control está exento de error al 100%, y es por ello que los métodos y conclusiones de la Ciencia no son definitivos, sino que evolucionan para acercarse lo máximo posible a ese 100%. Las sustancias que un día probaron ser inocuas se siguen valorando periódicamente por ese motivo. El método científico no es infalible, pero es lo mejor que tenemos para garantizar la seguridad de lo que consumimos.

SPD441

Para rebatir este hecho Elisabet comentó que se habían retirado del mercado unos cosméticos de Chanel por contener mercurio en su formulación. Esta noticia que circuló por la red es falsa. El mercurio, igual que cualquier otro metal pesado, está prohibido en formulación cosmética porque se ha probado que es inseguro. Ahí nos dejó claro a todos que sus fuentes de conocimiento a veces vienen de correos electrónicos en cadena.

Otro principio básico que se saltó a la torera es que la dosis hace el veneno. Es decir, que todas las sustancias son venenosas a partir de cierta cantidad. Una sustancia en sí misma no es un veneno, la dosis es la que la convierte en veneno. El agua a partir de cierta cantidad de ingesta también es letal. Elisabet se encargó de repetir que «ante dosis bajas tampoco podemos afirmar que estamos seguros». Es cierto que hay sustancias que son tóxicas a partir de dosis muy bajas, pero esas dosis están medidas, no están sujetas al criterio subjetivo de nadie. Se mide a partir de qué cantidad una sustancia representa un riesgo apreciable para la salud y por normativa esa cantidad se fija siempre por debajo de ese límite. El riesgo no se mide de forma puntual, sino que estas cantidades se refieren a un uso continuado y al riesgo que esto supondría a lo largo de toda la vida, así que sí se consideran fenómenos como que ciertas sustancias se eliminen del organismo más o menos rápido o en cambio se vayan acumulando.

En el caso de los parabenos, de los que ya os he hablado en un artículo específicamente destinado a ellos [6], no podemos referirnos a ellos como conjunto, ya que se trata de un grupo de sustancias y cada una de ellas se estudia individualmente. Es cierto que existen parabenos que son disruptores endocrinos y por ello nunca se han utilizado en cosmética. En cambio, los que sí se utilizan han probado su eficacia y seguridad sin dejar espacio a la duda, y con un historial de inocuidad de décadas. Los parabenos son conservantes usados en cosmética, así que protegen al producto de la degradación y por tanto protegen al consumidor. Si un cosmético no lleva estos conservantes, llevará otros.

Alegar principio de precaución para minimizar o eliminar estos compuestos de la formulación de un cosmético es absurdo. El principio de precaución ya se está empleando: ante cualquier indicio de inseguridad, la exposición a un agente peligroso se minimiza o se elimina completamente. Si no hay ningún indicio, como en este caso, es absurdo prohibir el uso de una sustancia. ¿Por qué eliminar esa y no otra cualquiera? El principio de precaución no se basa en una decisión subjetiva ante hechos no probados, sino ante hechos probados y riesgos posibles.

«Un interesante ejercicio consistiría en evaluar, si tarea tan compleja y descomunal fuera posible, lo que habríamos perdido si se hubieran prohibido automóviles, trenes, barcos, o aviones. Porque si sumamos las muertes que han ocasionado en el último siglo esos medios de transporte, además del resto de perjuicios ambientales que causan, la aplicación del principio de precaución hubiera conducido, creo que de manera inexorable, a su total prohibición» [7].

Bajo el mismo prisma Elisabet comentó el uso del formaldehído, de los ftalatos y del bisfenol A. Todas ellas sustancias que se utilizan siempre de acuerdo a la legislación vigente y de forma que no causen ningún perjuicio para la salud. De nuevo alegó principio de precaución para eliminarlas, como si su uso fuese malintencionado y no respondiese a ninguna utilidad.

Si un producto contiene cualquiera de estas sustancias, u otras con nombres que el consumidor medio no tiene por qué conocer, no debe sospechar de su inseguridad, pues han pasado todos los controles hasta llegar al mercado, así que se ha perseguido que la probabilidad de error sea mínima. Su uso está siempre indicado: por ejemplo la mayoría de las pinturas son tóxicas por ingestión porque no han sido formuladas para ser ingeridas. El principio de precaución se usa en casos donde existe un riesgo relacionado con un uso concreto y con un grupo de riesgo. Por ejemplo: existen pinturas formuladas específicamente para entornos infantiles, porque no podemos controlar que no las ingieran.

Esto es similar a lo que sucede con el bisfenol A, BPA. Esta sustancia se utiliza en la fabricación de algunos polímeros plásticos. En todos los materiales pueden producirse migraciones de pequeñas cantidades de sus componentes hacia los alimentos que entran en contacto con ellos. El BPA es una sustancia que a partir de cierta cantidad puede actuar como disruptor endocrino.

Esta sustancia ha sido evaluada en innumerables ocasiones. En el año 2002 la EFSA estableció la ingesta diaria tolerable teniendo en cuenta exposiciones extremas y grupos de riesgo, como en el caso de bebés lactantes cuyos biberones contengan BPA. El resultado mostró que la exposición de los bebés era inferior al 30% de la cantidad considerada tóxica, así que nunca llegó a representar un riesgo que comprometiese la salud de los bebés. A pesar de ello en el año 2011 y debido a la existencia de materiales alternativos para la fabricación de biberones, la Comisión Europea  estableció la prohibición de uso de BPA en los biberones [8]. Este es un ejemplo de que cualquier mínimo indicio de inseguridad es suficiente para cambiar la normativa.

Siguen existiendo polímeros plásticos que contienen BPA y cuyo uso en contacto con alimentos es legítimo. La razón es que a esas dosis no suponen ningún riesgo apreciable. Afirmar lo contrario, tal y como ha hecho Elisabet, no sólo es falaz, sino que supone crear una alarma social innecesaria y peligrosa: si se hubiese determinado que el BPA es inseguro en esas concentraciones, se habría retirado del mercado inmediatamente. Lo que no podemos hacer es coger un puñado de sustancias y, sin pruebas, decir que son insalubres. O peor aún, lo contrario, presumir que otras son saludables sin haberlo probado. Ese es el papel de la Ciencia, el de valorar los posibles riesgos en función de pruebas periódicas, no de suposiciones aleatorias.

ovni1

La idea que se extrae de este tipo de charlas es que hay alguna intención maliciosa en el empleo de ciertas sustancias, que lo sabemos y nadie hace nada por motivos económicos o retorcidas conspiraciones.

Algunos de los allí presentes, posiblemente ya convencidos de antemano y que acudieron a la charla para reafirmar sus convicciones, afirmaron no creer en la información de las etiquetas de los cosméticos y de los alimentos, ni sobre sus componentes ni sobre su procedencia.

Cuando Elisabet comentó que es más segura una manzana producida mediante técnicas primitivas, por no contener «químicos», que es el colmo de lo acientífico y la incultura, algunos de los allí presentes no sólo aplaudieron su ofuscación, sino que argumentaron a favor de volver a vivir tal y como lo hacíamos hace siglos, que ese era el avance de la agricultura, volver al pasado.

Elisabet dijo que comerte una manzana atestada de «químicos» efectivamente no iba a matarnos, no inmediatamente, pero que sus daños los sufriríamos a largo plazo, augurando que esa manzana nos estaría matando poco a poco. ¿Está esto demostrado? No. Lo que está demostrado es lo contrario, que el progreso de la agricultura se ha traducido en una mayor calidad de vida y en una mayor seguridad y control de lo que consumimos.

Yo no dejaba de pensar en que toda esa cantidad de infamias escupidas por alguien que vive de infundir miedo en los demás se estaba produciendo en mi universidad, en una facultad situada a escasos metros de la facultad de Química en la que estudié. Me duele que esto se haya colado en mi universidad y no pude quedarme de brazos cruzados.

Aguanté durante horas su charla y el turno de preguntas. Traté de demostrar con preguntas intencionadas que Elisabet no contaba con la formación suficiente sobre los temas de los que nos había hablado, incurriendo en errores que traté de señalar, quizá sin éxito por las constantes interrupciones de seguidores de las doctrinas de Elisabet. Algunos de los allí presentes se dirigieron a mí elevando el tono y levantándose de sus asientos, pues para ellos yo era la que había sido manipulada por «la industria» y, más grave aún, por «la Ciencia». La situación terminó siendo bastante desagradable porque me sentí sola ante el peligro, con la Ciencia de mi lado y la pseudociencia atacando y señalando sin ningún rubor, sin cuestionarse nada, desde la imprudencia que la caracteriza.

Salí de allí con el ánimo tocado, pues queda un duro camino por delante y personas como Elisabet, que viven del miedo, son un lastre para la Ciencia y para la sociedad.

Por culpa de la influencia sobre la opinión pública que ejercen personas como Elisabet, que utilizan todas las argucias posibles para conectar emocionalmente con el público, alegando la supuesta lógica del principio de precaución, hablando de grupos de riesgo como «niñitos» y personas enfermas, y utilizando el argumento de autoridad –como es bióloga se le presumen conocimientos científicos, de la materia científica que sea- se han llegado a tomar medidas contrarias a la Ciencia sólo por apaciguar los ánimos de la sociedad. Recientemente en Vitoria se ha limitado el uso de wifi en espacios destinados a niños, aun cuando sabemos que la radiación wifi no supone ningún riesgo para la  salud [5].

Estas actitudes se alimentan de personas como Elisabet, cuya actividad profesional pasa por implementar espacios libres de wifi y otras disparatadas acciones supuestamente en defensa de la salud, aprovechándose del limitado conocimiento que normalmente tienen muchos ciudadanos sobre electromagnetismo y hacer negocio con ello. A esto hay que sumarle que la parte de la Física que estudia las ondas y los campos electromagnéticos prácticamente no está representada en el currículo académico: durante la LOE sólo se trataban contenidos básicos en un curso de la ESO, en la actualidad, con la LOMCE, sólo accederán a esta parte del temario los estudiantes que escojan la asignatura de Física en 2º de Bachillerato, justo antes de empezar sus estudios universitarios [9]. Cuando parte del conocimiento científico está limitado a un segmento reducido de población, el resto se convierten en un nicho perfecto para el mercado del miedo.

Se suponía que Elisabet venía a hablarnos de cómo «vivir sin tóxicos», cuando lo realmente tóxico son las personas que propagan miedos infundados y defienden movimientos pseudocientíficos, contrarios al método científico.

sintoxicos

Esta especie de denuncia espero que sirva para que no nos creamos este tipo de pseudociencias y aprendamos a detectarlas, y también para cuidar más si cabe todo lo que entra en la universidad y es financiado con fondos públicos. Hay que poner freno a conspiranoicos que vienen a enturbiar la imagen de la Ciencia, la imagen de la universidad, a fomentar la sospecha y a maleducar donde se supone que educamos.

Me consta que la vorágine que se montó durante el turno de preguntas en parte gracias a mi insistencia, posiblemente no haya sido en vano, ha trascendido a donde tenía que trascender, así que al menos hice frente -o aguanté el tipo- por algo.

También me consta que esta no ha sido la única conferencia que hizo saltar las alarmas en la universidad, que otros tantos como Elisabet se sumaron al carro de las pseudociencias en estas jornadas.

El asunto ya está en manos de quien debe estar y se tomarán medidas al respecto. Confío plenamente en el buen hacer de los gestores de la universidad y sobre todo en la facultad de Ciencias porque ya ha mostrado anteriormente su implicación en la lucha por erradicar la pseudociencia de las universidades y sé que esta vez no va a ser menos.

Cuando la Ciencia gane esta batalla volveré para contarlo.

[1] Xornadas de Biocosntrucción, ESPIGA. 

[2]  HÁBITAT SAUDABLE. Elisabet Silvestre. Xornadas de Bioconstrución. (Vídeo

[3]  NORMA TÉCNICA EN MEDICIÓNS DE BIOCONSTRUCIÓN. Inhar Agirrezabal. Xornadas de Bioconstrución. (Vídeo con turno de preguntas

[4] Electromagnetic fields 

[5]  Magonia: Vitoria y la wifi, un pleno municipal analfabeto. Alfonso Gámez.  

[6]  Dimetilsulfuro: ¿Son más seguros los productos sin parabenos? 

[7] Next: El principio de precaución tiene truco. Juan Ignacio Pérez. 

[8]  EFSA explains the Safety of Bisphenol A

[9]  A la LOMCE le falta luz: cómo formar un inculto electromagnético. Eugenio Manuel Fernández Aguilar.